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Elisa J.

Elisa J.
Tener DACA para ser maestra
Por Fernanda Caso

Tan pronto como cumplió los 15 años, Elisa se inscribió para obtener DACA. Su urgencia en ese momento no tenía que ver todavía con la presión de entrar a una universidad o conseguir un trabajo. En lugar de eso, ella llevaba meses esperando para poder inscribirse en el programa de voluntariado del hospital LaGrange AMITA en Chicago y para el cual le pedían un número de seguridad social. Durante seis años estuvo ayudando a transportar camillas, apoyando médicos y enfermeras con material y demás labores del día a día. Siempre supo que quería dedicar su vida a hacer algo por su comunidad. Las jornadas de trabajo en esas salas de cuidados intensivos se lo confirmaron.

Pero para hacerlo de manera profesional, necesitaba educación y, en los Estados Unidos, estudiar es caro. Aunque Illinois es uno de los 19 estados donde las leyes permiten a los jóvenes con DACA pagar una colegiatura con la misma tarifa que los residentes, el gasto seguía siendo grande y su familia no lo podía cubrir.

Consiguió entrar a estudiar Biología en el DuPage College. Para hacerlo y mantenerse como voluntaria en el hospital, Elisa tuvo que empezar a tomar trabajos que sí le pagaran. Primero en un McDonalds, luego como instructora de natación, después como cajera en una empresa familiar y en Target. En los momentos de mayor crisis, tuvo que tomar dos empleos para poder mantenerse. La presión la llevó a descuidar sus estudios e incluso a reconsiderar su vocación.

No fue sino hasta que fue invitada a un programa de minorías en profesiones de la salud organizado por la Universidad de Iowa que sus prioridades dieron un vuelco. Elisa relata este momento como un parteaguas en su vida. Las pláticas que ahí impartieron y las personas a las que conoció fueron la motivación que necesitaba para seguir adelante. Ya habiendo logrado transferirse a la Universidad del Sur de Illinois, Elisa decidió comprometerse de lleno con su educación para lograr lo que soñaba: ser maestra de biología en una preparatoria pública para apoyar a jóvenes que buscaran hacer una carrera en las ciencias.

Hoy Elisa no se imagina en un hospital sino en un salón de clases. Para niños desaventajados como ella, solo es posible salir adelante con el apoyo de un aparato estatal que se preocupe por su desarrollo. Su propia experiencia es un ejemplo de esto. Incluso antes del programa en Iowa, Elisa ha visto personalmente la diferencia que profesores comprometidos pueden hacer en un estudiante. Desde que ella llegó de Michoacán a los Estados Unidos, estando en preescolar, la escuela le asignó una tutora de inglés que le ayudara con el proceso de integración. Posteriormente, en 5o de primaria, llegó otro niño mexicano a su escuela y Elisa quedó impresionada de ver cómo su maestra aprendió a hablar español solo para poderse comunicar con él. Maestros la marcaron a ella y ahora ella quiere hacer la diferencia para más estudiantes. Sabe que los jóvenes necesitan profesores que los entiendan.

Con respecto a su estatus migratorio, ha aprendido a no pensar demasiado en el futuro. Ya no permite que el miedo a la deportación, el papeleo constante y la incertidumbre generada desde el gobierno le quiten el sueño. “I’ve learned to live life,” concluye relajada y alegre después de relatar su historia.

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