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Rafael Martínez

Rafael Martínez
Tener DACA para ser maestro
Por Fernanda Caso

Rafael habla español, inglés y un poco de zapoteco. Ha vivido en Estados Unidos desde los 2 años y describe su comunidad en Madison, Wisconsin, como una extensión de Tanetze de Zaragoza, en Oaxaca, de donde él y su familia son originarios. Con el paso del tiempo, muchas personas de su pueblo han emigrado y se han asentado ahí, a más de 3,800 km de su tierra natal, pero cerca unos de otros y haciendo comunidad.  Celebran cumpleaños, bodas y 15 de septiembre al estilo tradicional y, tal como en Tanetze, organizan cada año la fiesta de la Virgen del Rosario. Además, Rafael y su padre tocan juntos en un mariachi. Él toca la trompeta y la guitarra, su padre el guitarrón.

Sus abuelos son campesinos y sus padres lo eran hasta antes de migrar. Sin embargo, su padre siempre había buscado una vida distinta. En algún momento intentó ser sacerdote y estuvo durante un tiempo en el seminario, pero finalmente regresó al pueblo y se casó con la madre de Rafael. En el año 2000 decidieron viajar a Estados Unidos, expulsados por las condiciones de pobreza derivadas de la caída de los precios de sus productos en el mercado internacional.

Se muestra reflexivo cuando habla de su experiencia como estudiante en el sistema de educación pública estadounidense. “Interesante” es la palabra que elige y continúa explicando lo difícil que era empatar su orgullo por sus raíces indígenas con sus ganas de integrarse con los demás. Cuando él estudió la primaria, empezaba un programa bilingüe que le permitía a los hijos de hispanos estar en un grupo especial donde tomaban clases en ambos idiomas. Esto tenía muchas ventajas, pues permitía a estos niños estudiar sin perder la conexión con su lengua materna. Sin embargo, también creaba una especie de segregación que los acompañaría hasta que iniciaran la secundaria.

Rafael siempre se distinguió del grupo por sus calificaciones y desempeño, así que durante los siguientes años pudo entrar a talleres y materias a los que muchos de sus compañeros hispanos no podían acceder. Eso le permitió expandir sus amistades y sus horizontes intelectuales. Desde entonces se empezó a acostumbrar a ser la única persona de color dentro de un grupo.

Una vez que terminó la preparatoria, con DACA y sus buenas calificaciones, pudo obtener un trabajo en la organización Centro Hispano y aplicar a la universidad. Sin embargo, DACA no resolvía el problema completo de su estatus. En primer lugar, no le ofrecía residencia estatal por lo que podía inscribirse sin problemas, pero debía pagar dos o tres veces más en colegiaturas que sus compañeros pues se le cobraba la tarifa de estudiante internacional. En segundo lugar, DACA no le daba acceso a las becas y apoyos a las que sus compañeros tenían acceso, por lo que el pago de sus estudios era todavía más complicado. Cada semestre le costaba entre 16 mil y 20 mil dólares.

Con muchos esfuerzos, Rafael logró terminar su carrera en Educación. Su sueño era ser maestro y a eso se dedica ahora. En Centro Hispano, da clases en un programa extracurricular para jóvenes de preparatoria que quieren aprender de la historia de Latinoamérica, de las culturas chicana y latina y de justicia social.

Rafael tiene 22 años y muchos planes por delante. De entrada, quiere regresar a la universidad y continuar su preparación como maestro. “Cuando estuve en primaria, secundaria y preparatoria, todos los maestros que yo tuve fueron americanas o americanos [blancos], hasta llegar a la universidad tuve mis primeros profesores de color. Yo quiero tratar de cambiar eso. Yo nunca tuve esa oportunidad y quiero asegurar esa oportunidad para otras generaciones.”    

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